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La migra – Un cuento de adolescentes
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La migra – Un cuento de adolescentes

Apenas sonó la campana del recreo, los estudiantes corrieron hacia Michael. No fue necesario que él los llamara ni que gritara para que le pusieran atención. Michael estaba en el duodécimo grado, y la posición a la cual esta jerarquía lo elevaba era indiscutible. Tenía todo a su favor: era estrella en el equipo invicto de fútbol americano, el próximo año asistiría con beca a la Universidad de Notre Dame, manejaba un Jeep Wrangler del año, que sus padres le obsequiaron antes que obtuviera la licencia de conducir, y su novia era Mónica, la que todos sabían que sería elegida prom queen del curso. Él les dijo a sus compañeros:
–You know the rules. I don’t need to explain them to you. Let’s have the groups!

Sin decir más y por instinto, los grupos empezaron a formarse. Los más fuertes y veloces, que eran también los mayores, se convirtieron en los oficiales de ICE. Era una minoría selecta y extrañamente tirada a rubia, mientras que el resto formaba el grupo de los Mexicans. La diversidad de los Mexicans no era tan sutil; es más, era ampliamente notoria. Había alumnos negros, achinados, e indiecitos que naturalmente en algún rincón de su ADN poseían genes para expresar características consideradas corrompidas. También había jovencitas de diferentes edades y en distintas etapas de desarrollo físico. Las muchachas cuyos cuerpos hicieron de la pubertad un evento del pasado, aparentaban a mujeres adultas, y había otras tan pueriles que fingieron ser las hijas de aquellas.

Una vez formados los bandos, los oficiales permitieron que los Mexicans huyeran. Les dieron cinco minutos para correr y encontrar refugio. Muchos corrieron en conjunto, pensando que en la unión estaba la fuerza. Algunos dudaron de esta estrategia y corrieron solos, buscando escondites impensados; mientras otros se ocultaron a plena vista, camuflándose en medio de la muchedumbre que no estaba participando; y unos pocos se alejaron lo más que pudieron de la escuela con la esperanza de que los oficiales no los buscaran más allá de las cercas que separaban a la escuela de la zona residencial. Era un caos total. Era ver la caravana de inmigrantes que hacía meses aparecía mucho en las noticias.

Cuando Michael no vio a nadie más corriendo, miró a sus compañeros y abrió los dedos de la mano derecha para indicarles que se esparcieran. Luego, tomó las llaves del Wrangler y manejó al extremo sur del colegio. Al arrancar, las llantas chillaron contra el asfalto, lo que intimidó a varios Mexicans a salir de donde se escondían. Al abandonar los escondites, revelaron inadvertidamente en qué direcciones debían ser seguidos. Ese instinto siempre los delataba y acarreaba aprehensiones innecesarias; pero, aun así, los Mexicans tenían la ventaja numérica y la perspicacia del que necesita sobrevivir. Por lo general, los oficiales eran pocos. Se contaban con los dedos de una mano, y cada uno capturaba máximo a dos Mexicans a la vez. Y para la fortuna de los Mexicans, cada oficial se veía obligado a primero encaminar a los capturados hacia la base antes de coger a más. La logística de la misión les daba chance a algunos para salvarse.

Si los descubrían agrupados, lo más inteligente que los Mexicans podían hacer era apartarse los unos de los otros, para que así los oficiales se viesen obligados a elegir entre tomar a algunos o dejar a otros libres. Cuando así ocurría, el oficial no podía titubear porque la indecisión significaba volver de la redada con las manos vacías. Los dos bandos tenían que actuar rápido. Lo otro que a veces ocurría era cuando los Mexicans se escondían demasiado bien y no los hallaban. En estos casos, se permitía que los capturados se convirtieran en oficiales de ICE para concluir con el juego más pronto. La promoción de Mexican a oficial era interesantísima porque de tímidos y temerosos pasaban a prepotentes y confianzudos.

Siendo líder, Michael tenía el privilegio de que su Wrangler fuera la patrulla oficial de las redadas. Él iba hasta donde ningún oficial llegaba y transportaba a sus víctimas en el vehículo. Como trabajaba de voluntario de bombero los fines de semana, tenía en su posesión una sirena de emergencia que utilizó para que los autos no le estorbaran en las calles. Y como las llantas de su auto eran anchas y a todo terreno, hizo donas para presumir su destreza al manubrio. Ese día capturó a muchos. Si no hubiera sido porque los iba anotando en la libreta, hubiera perdido la cuenta de cuántos había cogido. No le importó que sus víctimas fueran las que fingían ser mujeres o niños, o que hayan sido simpáticas con él en las clases que tenían juntos. No podía tenerle lástima a nadie. Debía ser indolente porque la insensibilidad era lo que todos admiraban.

Los estudiantes que no participaron y los maestros, que almorzaron en las tribunas de los campos deportivos, se entregaron al placer de observarlos como si fuera un partido de fútbol americano. Algunos se alinearon con los Mexicans y otros se pusieron del lado de los oficiales. No había ninguno con una posición neutra. Era imposible mantenerse imparcial. Algunos se reían hacia adentro para mantener las apariencias, pero no podían negar que el espanto que los perseguidos mostraban al ser acorralados los entretenía. También los apasionaban las reacciones de asombro de los oficiales cuando eran engañados o cuando los Mexicans se caían al suelo y suplicaban que los soltaran. La migra los sacaba del sopor en el que las clases los acomodaba. Y se podía ver por los leves movimientos de sus labios y las gesticulaciones de sus brazos lo que pensaban: “run,” “faster,” “watch out, to your right,” “behind you,” “get up, he’s catching up to you”. Los maestros se sentían avergonzados de ser implicados en un juego tan controversial, pero lo justificaban diciendo que no sobrepasaba el recreo y que era nada más una versión moderna del policía y ladrón que ellos jugaban cuando niños.

Entre más Mexicans Michael anotaba en la libreta más le ansiaba capturarlos a todos. Se trataba de una adicción. También sabía que Mónica estaba escondiéndose y le encantaba la idea de que ella le temiera. Ese miedo, que él le provocaba a ella, lo excitaba. Conocía bien la vulnerabilidad a la que el juego la exponía y lo que él sentía cuando jugaban no se asimilaba a ninguna sensación que haya vivido durante los tres años que llevaban juntos. Ella tenía una personalidad fuerte e indomable. A lo que La migra la transformaba no concordaba con esta personalidad de todos los días. Ese día, ella le trató de explicar a Michael:
–When we play, I gotta be a Mexican. There is no way that I am going to be an ICE officer with you. No matter how much time we spend together, I am not doing it. Period. I must be true to myself. Look at me! I am dark, love spicy food, have an accent, and that is okay because you and everyone else will continue to love me for who I am.
–Yeah, I get it.

En realidad, por más esfuerzo que hiciera, las motivaciones de Mónica no le entraban en la cabeza a Michael. La migra lo excitaba alocadamente y no le permitía ver más allá. En ediciones previas, cuando él la había encontrado detrás de un arbusto o dentro de un tacho de basura, nunca había sido fácil capturarla porque ella, como fuera, intentaba escapársele. A veces le pegaba o lo empujaba, pero sus acciones resultaban inútiles porque su fuerza no competía con la fuerza de Michael. Después, él le ataba las muñecas con presillas de plástico detrás de la espalda y la sentaba al lado suyo. Mientras la transportaba en silencio, le miraba los senos sudados que tantas veces había recorrido en la privacidad de su casa cuando sus padres lo dejaban solo para reanimar la lujuria decadente de su matrimonio en alguna cabaña de los Blue Ridge Mountains. Esta vez, cuando la encontró detrás de un enorme roble, ella se dejó tomar y subir al Wrangler sin ninguna oposición. Michael la contempló extrañado. Le notó las piernas endurecidas, quizá por la cólera de haber sido atrapada y las contrastó en su imaginación con los blandos muslos que había manipulado la noche anterior. Buscó sus ojos con los suyos, pero ella se los escondía. Los ojos negros de Mónica eran lo que más le gustaba de ella porque lo transportaban al interior de su alma. Para Michael, estos episodios eran una conquista sexual, a más dar, juguetona, pero sin ninguna maldad u ofensa hacia ella. En su mente, le tenía un gran respeto. La amaba.

Cuando estuvo a punto de bajarla de la patrulla, ella le increpó:
–Not this time. If you want to take me in, you can, but I won’t be your girl anymore. Yo tengo mi dignidad que proteger. You’ll have to choose between the game and all the glory it brings you or you let me free right now! You pick.
Michael quedó helado porque no se esperaba una reacción similar a la que acababa de escuchar. No entendió todo lo que Mónica le dijo, pero entendió lo suficiente para retroceder:
–What do you mean? It’s just a game, babe.
–For you it is, but not for me. Every time you catch me, I lose a battle within me, and although I love you, these repeated defeats are making me hate you.
Antes de hablar Michael reflexionó, pero se le nubló la vista. Y justo en el momento que iba a abrir la boca, sonó la campana y el sonido ahogó el griterío de los Mexicans que corrían aterrados y el de la sirena de emergencia proveniente del Wrangler.

Lo que vino a continuación quedó interrumpido, salvado por la campana como dice el dicho y sólo Michael y Mónica sabían lo ocurrido. Los demás estudiantes regresaron a las aulas con sus mochilas y cuadernos, la calma les volvía a empalidecer los rostros acalorados mientras se sentaban, pero tendrían que esperar hasta el fin de la jornada escolar para saber el conteo final de los detenidos ¿Estaría el nombre de Mónica en la libreta? Lo mismo se preguntaba Michael en ese momento.

 

Felipe Hugueño es Assistant Professor of Hispanic Studies en Virginia Wesleyan University. Sus estudios académicos se enfocan en la violencia representada en la literatura hispánica.  También se enfoca en la producción cultural de escritores chilenos. 

Ha publicado dos libros creativos. El primero, De la resistencia a la reconquista, es un poemario que fue publicado el 2020. La segunda edición de este poemario será publicada por la editorial Five Points Publishing este verano. El segundo libro, Poemas y relatos de luto fue publicado por RIL el 2021. Otros de sus escritos han aparecido en antologías y revistas académicas en Chile y en los Estados Unidos.

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